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VIVIR SIN AIRE

María se levanta a medianoche y le falta el aire. Se asusta mucho y piensa que se volverá loca, que haber fumado tantos porros durante el último año la ha enloquecido. Que se le ha ido de las manos. Por primera vez siente ansiedad, le cuesta respirar y no puede dejar de pensar cosas en negativo. Con los días va viendo que también se siente deprimida. No tiene fuerza para continuar su vida independiente en un piso de la gran ciudad. No puede seguir sus actividades, estudios ni mucho menos trabajar. Necesita refugiarse un tiempo en casa de los padres, como si volviera a tener 10 años.

A María le cuesta pedir ayuda y finalmente, cuando ve que no hay manera, que sola no lo logra, decide por primera vez ir a hablar con una psicóloga. También tendrá que visitar a una psiquiatra y tomar medicación durante un año: antidepresivos y ansiolíticos.

Con 24 años siente que su vida se ha hundido. No es capaz de decírselo a sus amigas, sólo a un par que sabe qué hace un tiempo se perdieron también. Tiene mucho miedo. Cree que se va a morir. Las mañanas son el peor momento del día. Despertarse, sentir de nuevo la opresión en el pecho y verse atrapada en su aislamiento, lejos de la vida que estaba construyendo.

Un día que está un poco mejor y se anima a llamar y ver a un buen amigo, éste le dice: quizás necesitas que alguien te acune. No lo olvidará, y es que parece que sólo oír la palabra acunar, la calma. Y siente que sí, que necesita ser acunada. El amigo le abraza y es el inicio de su recuperación. Un amigo que no la juzga, que puede verla y seguir valorándola, con su fragilidad incluida.

El proceso es duro, lleno de llantos, angustias y soledad. Y una vez logra entender qué le ocurre y puede volver a respirar y conectarse con sus deseos, las demás personas y el mundo, sabe que ya no es la misma persona y que la crisis le ha dado buenos aprendizajes para la vida. Se ha conocido mejor y ha podido reconocer su fragilidad y por qué no, sus fortalezas. Ahora es más fuerte que antes.

Ha sabido que detrás de su ansiedad, que la ahogaba, había mucha rabia acumulada, que ha podido liberar en las sesiones de psicoterapia, hablando con su psicóloga y psiquiatra. Incluso ha podido gozar de momentos de descubrimientos casi mágicos de la vida. Como, por ejemplo, saber que el nacimiento de una sobrina puede ser un terremoto emocional en la vida familiar y en su propia vida.

La depresión la podemos ver como una fractura en el amor. Hay una rotura, una grieta. Tiene que ver con el contacto-retirada, proceso continuo que tenemos con las demás personas. Cuando nos sentimos deprimidos, sentimos que nos estamos muriendo y necesitamos “engancharnos” a alguien. Y cuando tengo que retirarme, siento otra vez que me muero. En ese sentido, es importante que podamos hablar de nuestras separaciones en el proceso terapéutico. Puedo sentir que no soy nadie (y no hago contacto-retirada con las demás personas, me aíslo) y sentirme muy solo/a.

Con una depresión siempre es importante pedir ayuda y hacer un proceso de terapia y a veces también necesitamos medicarnos porque nuestros neurotransmisores ya no funcionan y no sirve pensar que ya nos autorregularemos. Necesitaremos medicación para autorregularnos de nuevo.

La depresión tiene que ver con aguantar el dolor y aguantar estar no sostenidos por el amor. Tiene que ver con no sentirnos bien con nosotros mismos/as, con una lucha entre lo que quiero hacer y lo que debo hacer (deseo/deber). También puede darse cuando vivimos situaciones muy estresantes o alguna pérdida importante.

Podemos sentir un gran vacío existencial, y podemos preguntarnos: ¿qué necesito? La terapia también nos ayudará a manejarnos con nuestros miedos y que éstos no nos paralicen.