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QUIERO VOLVER A SER YO

A veces sentimos que nos hemos perdido en el camino, que algo de nosotros no acaba de encajar como quisiéramos o que directamente no nos gusta la persona en la que nos hemos convertido. Si alguna vez has pensado o dicho en voz alta esta frase “quiero volver a ser yo” te recomiendo seguir leyendo.

Quizás nunca has sido “tú”

¿Alguna vez te has oído de la manera que buscas? O, dicho de otra forma: ¿Ya has sido “tú mismo/a” en algún punto? Si la respuesta es negativa, podríamos tener un problema, ya que que quizás estamos poniéndonos como objetivo un estado ideal e irreal. Una idea platónica muy bonita, pero inasumible que nos va a generar frustración porque podría ser imposible de atrapar.

Una cosa es cómo soy, y la otra: cómo me gustaría ser

Por tanto, antes de obsesionarnos con el “yo” que queremos llegar a ser, habrá que mirar hacia adentro. Hacia el “yo” que soy ahora y el que he estado siendo a lo largo de mi vida.

Sólo partiendo del autoconocimiento podremos ponernos metas apropiadas y empezar a trabajar.

Hay que tener una idea clara de cómo soy ahora: lo que me gusta de mí, y lo que no; pero también es necesario ser concreto en el proyecto que buscamos. Si ese «volver a ser yo» es muy abstracto y difuso, será imposible saber si nos estamos acercando o alejando.

El tiempo pasado siempre envidiado:

La memoria juega malas pasadas, y como dice el refrán, solemos recordar esas cosas buenas del pasado sobre las malas – idealizamos el pasado.

A veces el objetivo de «volver a ser yo» es un grito de alerta de una parte reprimida de nosotros mismos. Si anhelamos nuestra infancia, quizás es el niño/a interior pidiendo atención, y si en cambio queremos recuperar aquella época de orden y disciplina podría ser nuestro “padre interno” quien reclama su espacio.

Hay que ser conscientes de que las cosas nunca volverán a ser exactamente como habían sido, ya que para bien o para mal, el tiempo pasa y debemos ir integrando nuevas vivencias que tendrán un efecto en la forma en que nos relacionamos con el mundo y con un mismo.

¿Me afecta cómo me ven los demás?

Hay quien busca cambiar para gustar a los demás, y esa imagen de lo que uno quiere llegar a ser se basa en premisas que nos impone el entorno. En estos casos, no se está persiguiendo realmente un cambio, sino una necesidad de aprobación.

Debemos ser muy conscientes de que es imposible gustar a todo el mundo y que, si esto es lo que nos hace falta para estar bien, nunca nos gustaremos a nosotros mismos. ¡Por no decir que intentar gustar constantemente a los demás debe ser colosalmente agotador!

La perfección no existe

Siempre se puede seguir progresando, tanto en aquellos aspectos de nosotros que no nos acaban de gustar, como aquellos en los que estamos cómodos, pero creemos mejorables. La idea es ésta, ir mejorando paso a paso y cada vez estar más satisfechos con lo que nos vamos convirtiendo. Si esperamos llegar a un “yo” perfecto donde ya no debemos preocuparnos por seguir avanzando, nunca llegaremos a nuestro destino. Igualmente, si nuestras expectativas de cambio son muy altas y nos exigimos más de lo que estamos dispuestos a hacer, lo más seguro es que vamos a perder la motivación y abandonar este proyecto de reencontrarnos a nosotros mismos.

Da miedo cambiar, pero a veces aceptarse aún da más

Salir de la zona de confort es difícil por pésima que sea la situación que nos rodea. Podemos llegar a odiarnos a nosotros mismos, y al mismo tiempo no hacer nada por cambiarlo porque nos da miedo lo desconocido o porque el esfuerzo necesario es demasiado grande.

Pero es que a veces estamos tan pendientes de empoderarnos, vencer los miedos y motivarnos por el cambio, que olvidamos que hay otra alternativa: aceptarnos tal y como somos. Aceptar que ese “yo” que busco es un ideal, o que forma parte del pasado. Que quizás las cosas no cambiarán radicalmente, y que tendré que aprender a vivir con las cosas que me gustan y también aquellas que no lo hacen tanto del yo que soy hoy en día.

Al final, tanto cambiar como aceptarse son dos buenas opciones que parten del autoconocimiento y la conciencia de que me ocurre algo cuando digo la frase que titula este artículo.

Escrito por: Esteve Planadecursach

Psicólogo col. nº. 21.691